La Llanura es un desierto ancho y verde, de arena impalpable, sin cielo. En su extensión infinita, la imaginación no tiene lugar.
El centro de mis obsesiones, la clave de mi imaginación, es Laura. Laura es mi tentación, mi belleza, mí crueldad, mi humillación y mi fiebre. Eso no contradice que Laura se, pura y simplemente, una mujer. No es excepcional, o solo lo es el sentido de que cada cosa, cada ser de este mundo, es único e irrepetible. No ganaría un concurso de belleza, ni recibiría el premio Nobel. Viste con sencillez, cuando piensa mordisquea la punta del lápiz, tiene días apasionados y días indiferentes. Tal vez fuma demasiado. Por todas y cada una de esas cosas, es el centro de mis obsesiones.
Cuando digo que la adoro, lo digo con cada poro del cuerpo, no como si la tuviera en un altar, y esa es mi fiebre. La fiebre crece, pero no me consume. Me quema sin consumirme, sin consumirse a sí misma. Crece en mi carne, y endurece mi carne. Para curar esa fiebre, hay un remedio viejo como el mundo. Pero es falso que sea un remedio, porque el amor con Laura no es una cura, sino una agudización de la fiebre.
Nunca se con exactitud si Laura sufre la fiebre con la misma intensidad, si crece en ella con la misma intensidad. A ella debería ablandarla, humedecerla, no endurecerla como a mí, pero la fiebre es la misma. A veces, es sus días apasionados, creo que si es víctima de la fiebre, aunque en sus días indiferentes lo pongo en duda. Pero Laura no puede controlar su pasión ni su indiferencia como si fueran objetos ajenos, separados, no más que yo mismo, no más que cualquiera de nosotros. Por lo tanto, oscilo siempre en el vaivén de la duda, y en el pico más bajo de la duda esta mi humillación.
Por momentos, sin embargo, quisiera que ella también sufriera esta tortura, y se hiciera eco de estas preguntas (aunque ¿no seré yo quien se hace eco de las suyas?) y dudara de mi pasión o mi indiferencia. A veces intuyo que ella también siente miedo, y humillación, y eso me complace.
Allí está mi crueldad (...)
(...) He venido a la Llanura para que mi vida sea un desierto.
La carne es un error. Necesito el cuerpo de Laura porque también necesito sus palabras porque también necesito su cuerpo.
Amo su voz, una voz tersa y vibrante, pese a que Laura fuma demasiado. En la Llanura no hay voces, solo una vastedad de silencio que no es silencio bajo un cielo que no es cielo. La Llanura es el final y el límite de todo, la expulsión definitiva.
Aquí nada puede recordarme a Laura, y eso garantiza la imposibilidad del olvido. La Llanura es extensión pura, incorrupta. Aquí los seres humanos, las creaciones humanas, son absorbidos, borrados por esa extensión aplastante. Por lo tanto ni puedo fragmentar a Laura en jirones que permitan la comparación y el recuerdo. Por eso mismo, Laura está presente en la Llanura.
La imaginación es lo que nos libera, y lo mismo que nos libera puede esclavizarnos.
Sinfonía Cero - 9 El eremita
viernes, 16 de julio de 2010
La Llanura
Carlos Gardini - Buenos Aires.
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